Por Sandra Liliana Ángel Almario


Las cifras de baja participación femenina en el mundo laboral no dejan de sorprenderme. “En construcción y transporte, las mujeres representamos menos del 15% del total de los empleados del sector” (BID – Granada 2017). Las brechas históricas en acceso a nuevos empleos, ocupación y reconocimiento salarial entre hombres y mujeres continúan presentes. Para el total nacional de Colombia entre septiembre y noviembre de 2018 la tasa de desempleo fue 9,1%; de estos, 12,1%  eran mujeres y el 6,8% hombres (DANE 2018).

En Colombia, para el sector transporte conformado por el Ministerio de Transporte y sus cuatro entidades adscritas, a junio del 2016 del  total de funcionarios en planta 46% eran mujeres y 54% hombres; de estos 30% de las mujeres estaban en cargos de nivel decisorio y 29% en otros niveles, lo que muestra un avance en el sector. Sin embargo, del total de gerentes públicos que a la fecha ascendían a 109, el 72% eran hombres y tan sólo  28% mujeres (Función Pública 2016). Esto evidencia lo que se conoce como el techo de cristal: la existencia de barreras invisibles que encuentran las mujeres a la hora de abrirse paso en su carrera profesional (FORMAGRO, 2018).

Las mujeres nos enfrentamos día a día a decisiones como continuar con una carrera profesional exitosa o constituir una familia. En mi caso, tuve que aprender a conciliar la crianza, las reuniones de padres en el colegio, con la coordinación técnica de proyectos clave para la movilidad en el país como Transmilenio, el MIO, y demás sistemas de transporte masivo, la construcción de la infraestructura y puesta en marcha de estos sistemas e incluso asesorías que implicaban estar de viaje repetidamente. Las mujeres debemos hacer mayores esfuerzos para avanzar hacia cargos de alta dirección. Esto se refleja en la disparidad de ingresos entre hombres y mujeres, que es del 15% en países de la OCDE. Más allá del trabajo que realicemos, es una de las barreras sociales, económicas y políticas que se deben superar para consolidar las bases que nos permitan avanzar hacia un verdadero crecimiento sostenible, como lo destaca el informe de la directora de la OCDE Gabriela Ramos (2017).  

Cuando decidí estudiar Ingeniería civil, el mundo profesional y laboral dividía a hombres y mujeres. Pocas mujeres asumimos estudiar profesiones que durante años han sido reservadas al ámbito masculino; la sociedad nos encasilla en roles, estereotipos y comportamientos que generan desigualdades de género, diferencias entre  los hombres y las mujeres que favorecen sistemáticamente a uno de los dos grupos (OMS). Este es un desafío que enfrentamos las mujeres cuando emprendemos con convicción y pasión el ejercicio de nuestros derechos y deberes, para aportar a la sociedad con los conocimientos adquiridos y a su vez acceder a los beneficios que el mundo académico y laboral nos ofrecen.

Durante más de 20 años de ejercicio profesional he participado en proyectos de ingeniería, especialmente en temas de desarrollo y movilidad urbana. Mi aporte ha sido posible en la medida en que lo he hecho con la experiencia, conocimiento y formación profesional; conformando equipos de trabajo con excelentes profesionales, compartiendo la pasión por el diseño y la ejecución de estrategias y políticas públicas que mejoren la calidad de la infraestructura de movilidad, los espacios públicos y de los sistemas de transporte público urbano, éste último que en particular impacta de manera positiva la calidad de vida de las personas.

Durante mi carrera profesional también he vivido la necesidad de promover con fuerza la igualdad de género en el sector transporte. Este sector no es fácil, los estereotipos y mandatos sobre qué es ser mujer se hacen evidentes cuando hay una ingeniera a cargo de cuadrillas de obreros que en su mayoría son hombres recios a los que hay que hablarles fuerte, el liderazgo con líderes y operarios de las empresas de transporte público manejados por hombres generalmente, no son tarea sencilla.

La reducción de la brecha se debe en gran medida a las habilidades que hemos demostrado involucrándonos en sectores no tradicionales para las mujeres. Al vincularnos en otros sectores, asumimos los retos con gran responsabilidad y compromiso, podemos aportar de manera positiva en el diseño y construcción, las finanzas o la dirección de empresas; no en vano tenemos algo que se llama aversión al riesgo, que nos hace ser más cuidadosas a la hora de tomar decisiones, al conducir, planear o al asociarnos y esto es una garantía para el éxito y más en el sector público.

La mayoría de las políticas públicas pueden producir buenos resultados si se aplica un esfuerzo continuo y a largo plazo, superando el inmediatismo y la improvisación que es la característica del subdesarrollo. Los países que hoy tienen calidad de vida e ingresos per cápita admirables lo lograron porque aprovecharon los aprendizajes de periodos de dificultad, inspiraron y formaron a las nuevas generaciones de hombres y mujeres capaces y comprometidas para asumir el servicio público con la mayor responsabilidad y sin discriminación. Los países nórdicos son ejemplo de avance social y crecimiento económico sostenible, habiendo adoptado políticas desde hace más de 20 años orientadas hacia la equidad de género.

Tengo el compromiso de seguir trabajando para priorizar la perspectiva de género en los temas de infraestructura, desarrollo urbano y movilidad; desde el sector transporte en general se pueden diseñar campañas en conjunto con otras entidades para promover la igualdad de género en los sistemas de transporte para todos los roles, al interior de la organización con acciones de inclusión con zonas adaptadas para mujeres trabajadoras (lactarios, jardines infantiles). En el transporte masivo se pueden promover ciudades seguras para las mujeres, con paraderos y senderos iluminados, instalación de dispositivos de pánico en casos de acoso o violencia sexual dentro del sistema o en sus zonas aledañas, durante la obra, construcción de corredores seguros a mujeres y en áreas cercanas a zonas escolares, sanciones a obreros y colaboradores que acosan a mujeres y niñas en las calles.

Hoy desde la UMUS, en coordinación con los Entes Gestores de los sistemas de transporte de país, avanzamos con acciones pedagógicas y de prevención en violencias de género, jornadas educativas en  asocio con escuelas y colegios, capacitación al personal de obra para incluir la prevención del acoso callejero y la protección de las mujeres, niñas y adolescentes en las zonas intervenidas, y la exigencia de vinculación de mano de obra femenina. Hay mucho por hacer, pero estamos aportando nuestro granito de arena por una sociedad con mayor igualdad e inclusión para las mujeres.

En todos los cargos y labores profesionales que he desempeñado me siento muy orgullosa de la contribución que con mis acciones he podido lograr para un mejor vivir de los ciudadanos que día a día utilizan la infraestructura y soluciones de movilidad implementadas.


Sandra Liliana Ángel Almario es Coordinadora UMUS en el Ministerio de Transporte de Colombia

Las opiniones aquí plasmadas son responsabilidad de quien las escribe, no necesariamente reflejan la ideología del medio. 

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